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Diluvio en la noche de Le Mans

 LeMans70En 1970, Porsche llegó a Le Mans dispuesta a conquistar por fin la anhelada victoria en la carrera de resistencia más importante del mundo. El año anterior se le había escapado por tan solo unos metros y había llegado la hora de la venganza y no dar la menor oportunidad a Ferrari, cuyos 512 eran en esta ocasión los adversarios más temibles para los 917 de la marca de Stuttgart.  El dominio de Porsche en aquella 38ª edición de las 24 Horas de Le Mans fue absoluto, desde los entrenamientos oficiales, con el mejor tiempo del 917 cola larga de Vic Elford y Kurt Ahrens -aunque únicamente dos décimas de segundo por delante del Ferrari de Nino Vaccarella e Ignazio Giunti- como en carrera, que lideró de principio a fin, primero con Elford y Ahrens, después con la unidad pilotada por Jo Siffert y Brian Redman y a partir de la undécima hora con el de Richard Attwood y Hans Herrmann, los vencedores.

Desde la tercera hora de carrera, la lluvia, en forma de fuertes aguaceros, se sumó a la fiesta. Pocos de los que estuvieron presentes en aquella carrera, independientemente de que fueran pilotos, mecánicos, comisarios de pista o espectadores, la habrán olvidado aún.  Y quien no estuvo allí pero sí ha sabido plasmar con un efecto extraordinario la épica de aquella noche fue Juan Carlos Ferrigno, que nos deleita con esta impresionante pintura del Porsche-Gulf de Siffert y Redman pasando a toda velocidad por la recta de tribunas mientras uno de los Ferrari 512 estaba siendo atendido por sus mecánicos en los boxes.

Instalados en el liderato desde la cuarta hora, Siffert y Redman poseían siete vueltas de ventaja sobre Attwood y Herrmann al término de la décima hora, una vez completadas 153 vueltas a un promedio de 207,1 km/hora.  Poco después, un piñón de la caja de cambios se rompió cuando Siffert reducía una velocidad y con el sobrerégimen al que fue sometido, el motor de aquel precioso 917 azul rindió el alma en medio de una espesa nube de humo.

Josep Casanovas

CÓMO NACE UNA PINTURA –  Por Juan Carlos Ferrigno (www.ferrigno-art.com)

Esta es una pregunta recurrente que me hace la gente. Parece despertar interés cómo y de dónde surge aquel original que están viendo. Desde el punto de vista del pintor, debo reconocer que hay distintas maneras para ese “nacimiento”. Me propongo aquí contar al  menos una de ellas, que es bastante representativa. Casi todas comienzan así, pero nunca me había puesto a contarlo paso a paso. Es para mí un camino natural, pero puede resultar curioso o interesante para quién no esté familiarizado con la pintura, o también para otros pintores con un método totalmente diferente.

Todo arranca en una idea, una intención, algo que me gustaría hacer. En este caso una pintura nocturna sobre la famosa carrera de las 24 Horas de Le Mans de 1970. Elegí ese año y no otro porque en esa edición corrieron los coches que para mí son los más impresionantes que pisaron el circuito francés, y esa carrera ejerce sobre mí un atractivo que no puedo explicar, simplemente me encanta y con esto ya tengo suficiente para llevarlo a la tela.

En definitiva, las mejores pinturas serán aquellas que se encaran con ganas, aquellas que despiertan en el que las hace las ganas de vencer una vez más ese miedo a la tela blanca, tan mencionado por los   artistas. Ocurre con la pintura que cuando te encuentras con ese universo incierto de la tela blanca, te das cuenta que el resultado de lo que se haga sobre ella depende solamente de ti, de tu habilidad para evitar una vez más que aquél trozo de lienzo termine en la papelera.

Al ser infinitas las posibilidades a tu disposición, es muy complicado elegir colores, formatos, temas, etc, y siempre queda la duda si ese cuadro podía haber sido mejor. En contadas oportunidades tienes la seguridad de haber acertado en todo, la mayoría de las veces te perseguirá la duda, aunque te guste el resultado y la consideres una buena pintura. Siempre queda la impresión que le podía haber sacado algo más a aquella obra, el problema es que no supe cómo mejorarla.  En la próxima lo volveré a intentar.

En el caso de esta pintura mis ganas eran máximas, era un tema que quería hacer, pero también era consciente que tenía alguna dificultad añadida. Quería hacer una pintura que mostrara cómo fue   aquella carrera, pintando el paso del 917 por la recta de boxes en plena noche en una más de las cientos de vueltas que darían en las 24 horas de la carrera.

A pesar de tener mucha documentación de este coche en libros, revistas y recortes que guardo de esos años, no encontré nada que me sirviera de referencia clara para encarar esta pintura, y sólo una mínima fotografía de mala calidad de una revista del 70 me daba una idea sobre la cual apoyarme para crear mi escena de la carrera. Tenía a favor qué sabía que coche pintar, aunque dudé entre pintar el mítico Gulf-Porsche o el que resultó ganador de esa edición, el 917 rojo y blanco de Attwood- Herrmann. Me decidí por el Gulf de Siffert-Redman por ser emblemático de la época y por ser  de un color que era mejor para mi pintura. No me importó que no terminara esa carrera, ayudaría a contar la atmósfera nocturna.

Dudé también sobre el tamaño, eligiendo primero uno más pequeño y más centrado en el coche, tal vez por inercia de todas mis pinturas que dan protagonismo al coche y no tanto al escenario, pero como pretendía de este cuadro algo diferente me decidí por un tamaño más grande ( 92×73 cm), vertical, y donde el coche fuera solo un elemento más en la escena, no el centro absoluto de ella. Quería dar más importancia a la atmósfera, a las luces reflejadas sobre el asfalto mojado, a la velocidad y la cortina de agua levantada por el Porsche. Quería una pintura de ambiente, más que sobre el 917 en sí.

Todas estas ideas las probé en un primer boceto hecho sobre una hoja de papel que tenía a mano para confirmar lo que tenía en mente, probé las dos proporciones eligiendo la más grande y ubiqué más o menos  dónde irían los elementos principales. Este primer esbozo me mostró que sería un cuadro donde la velocidad tenía que ser protagonista, y que no tenía que perderme en detalles, ir a la esencia de la luz, el colorido y la velocidad.

Normalmente busco toda la documentación que necesito para una pintura. Allí desparramo libros, todas las fotos que me puedan servir como referencia, y comienzo a definir las formas, direcciones  definitivas en un boceto ya más terminado que será el que pasará a la tela. Tener toda esa documentación apoyándome me sirve para superar ese vértigo de la tela blanca. Es como si me diera más seguridad antes de empezar a poner color, aunque cuando empiezo a pintar me olvido y rara vez miro o consulto tanta foto que tengo, salvo para detalles de algún coche. No sé que diría un psicólogo, pero es mi manera de sentirme más arropado al empezar un cuadro. Tal vez a pesar de tantos años de profesión es inevitable sentir esa incertidumbre al empezar una nueva obra, y mi manera de superarlo es rodearme de todo aquello, aunque no lo necesite ni lo use. ¿No dicen acaso que los pintores son gente rara? Pues algo de eso habrá…

Esbozo Le Mans 70El dibujo en lápiz ya está en la tela y ahora toca plantearse los colores, y tal vez sea ésta la parte más interesante porque hay que imaginar cómo habrá sido ver esto personalmente, tratando a la vez que sea un cuadro colorido, aunque nocturno. Estaba claro que tenía que apoyarme en los reflejos de la pista para que no quedase demasiado oscuro, y poner más luces de las que había ese año en los boxes. Esto sumado a las luces encendidas del coche protagonista pondría suficiente color para que no quedase una pintura aburrida. Ayudó que en 1970 aún no había en Le Mans un muro que dividía la pista de los boxes, y sólo unas líneas blancas los separaban, con lo cual la escena no tendría ese corte del muro con su sombra.

Tanto la parte de los boxes como la tribuna con gente de la parte alta del cuadro, la utilicé para poner colores y dar sensación de velocidad, puesto que estos coches pasaban por allí a fondo, y sobre el fondo azul que di primero a toda la tela, comencé pacientemente a poner colores que insinuaran que el lugar estaba lleno de gente. Fue también importante dar mucha luz al interior de los boxes, que me darían interesantes reflejos sobre la pista mojada.

En cuanto al Porsche-Gulf era vital que tuviera una luz bien tratada, realista. Y por eso me decidí a reproducir unas condiciones de luz similares recurriendo a un modelo del coche en escala 1:18. Con una lámpara sobre la mesa traté de aproximarme a la luz que recibiría un coche en esa situación, y esta referencia fue clave para entender cómo la luz actuaba sobre el coche y sus formas, estando iluminado por otro coche que no aparece en la pintura. Luego la cortina de agua levantada, y el reflejo aproximado que deberían hacer las luces del Porsche  en esas condiciones de oscuridad. Fue una mezcla entre ver la luz actuando e imaginar el coche en esa situación. Tal vez la parte más divertida de la pintura, aunque si alguien me hubiera visto en el suelo mirando un modelo del 917 en una  habitación oscura…Ya dijimos que los pintores son gente rara, y cualquiera lo hubiera pensado aquel día de mí.

Trabajo paciente de ir corrigiendo colores, y dando a cada elemento el tono que debía tener para favorecer la sensación de nocturnidad y velocidad. Pero pasaba algo, quedaba muy monocolor, como seguramente se habrá visto esa noche, pero para mi cuadro necesitaba algo que le diera mas vida. Pensé en poner más luz y más reflejos, pero finalmente creo haber acertado al poner un Ferrari   haciendo un pit-stop o, mejor dicho, insinuarlo con sus mecánicos alrededor del coche. Esto me dio la posibilidad de poner un segundo punto de atención en el cuadro y darle más colorido.

El coche protagonista está tratado con un nivel de detalle mayor, aunque no excesivo para dar sensación de movimiento, y ese detalle va desapareciendo hacia el fondo de la escena. Si bien el azul es el color dominante, el rojo del Ferrari y las luces con sus reflejos dan al cuadro el colorido necesario y lo equilibra para hacer una pintura creíble, aún falseando o exagerando el colorido en plena noche.

Una vez que lo di por terminado, básicamente porque no supe como mejorarlo, vino una ceremonia que suelo hacer. Pongo el cuadro de cara a la pared por un par de días y me olvido de él, tomo distancia, no lo miro ni reviso. Al cabo de un par de días lo vuelvo a mirar con todo el espíritu crítico que puedo, e invariablemente veo cosas a tocar que no había visto en el momento de pintarlo. Son las últimas pinceladas en una obra que nuevamente me deja con la sensación que el cuadro tenía algo mas para sacarle, pero debo rendirme a la evidencia que no sé como lograrlo, y lo doy por terminado. Tal vez en el próximo…

Ya me hubiera gustado haber visto este paso majestuoso del 917 por la recta de Le Mans, pero en aquellos años yo era un niño de 10 años que vivía en Buenos Aires, muy lejos de allí. Por eso es fabuloso poder pintar, porque puedo recrear cosas no vividas, cosas imaginadas o soñadas. En el caso de esta pintura disfruté mucho haciéndola, consulté más de una vez mis fotos de referencia, pero en todo momento estuve soñando con estar allí en ese momento y poder contar a través de esta maraña de líneas, pinceladas, colores y formas, cómo creo que pudo haber sido ver esto en 1970. La pintura permite transportarnos allí donde se quiera, sin límites, sin ningún freno. Eso es lo que la hace apasionante, y a la vez engancha tanto a quien pinta. Como decía al principio, en este caso quedé   conforme con el resultado, pero nunca sabré si las opciones elegidas fueron las mejores, si podría haber pintado un cuadro mejor del que hice. Mantener esa duda es la grandeza de la pintura, hace que el pintor esté siempre buscando mejorar, que siempre piense y sienta que puede hacer el gran cuadro de su vida. Y como sientes que puede ser el próximo nunca dejas de pintar e intentarlo.

Ya han pasado más de 30 años dedicado profesionalmente a la pintura y sigo persiguiendo esta  utopía de hacer el gran cuadro, que seguramente no llegará nunca. Mientras tanto el sabio arte de pintar consigue de mí que no pare, que lo siga intentando aún intuyendo que nunca lo lograré. Pero como   la pintura es sabia y el arte juega con nosotros de esta manera, tal vez el único camino para asegurarse que los pintores no puedan parar de pintar sea este. Viva la sabia pintura y sus métodos de engaño a los pintores!!!

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