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JUAN CARLOS FERRIGNO: “Empezando un cuadro a partir de una tela en blanco pueden pasar infinitas cosas, todo depende de uno mismo”

entrevista ferrigno¿Conocéis a Juan Carlos Ferrigno? Si la respuesta es afirmativa, no hace falta más presentación. De no ser así, os diremos que nació el año 1960 en Buenos Aires, que desde 1988 reside en Barcelona, que ocho años después ganó el International Motoring Art Competition y que está considerado como uno de los mejores especialistas del mundo en el arte de plasmar sobre tela los coches de carreras y la sensación de velocidad que emana de la competición. En cualquier caso, recomendamos una visita a su web (www.ferrigno-art.com). Seguro que os deleitaréis con lo que allí veáis, fruto todo ello de una pasión que despertó cuando, siendo un niño, contempló en acción prototipos tan excelsos como el Porsche 917 y a pilotos tan virtuosos como Ronnie Peterson.

Ferrigno, que cuando escribe va bastante más allá del simple relato y tiene la envidiable virtud de abducir al lector, ha aceptado colaborar con esta publicación ―¡gracias, Juan Carlos!― y, en cada edición, nos presentará una de sus obras y el correspondiente relato como autor. En la sección Arte en Movimiento ¿qué mejor que este concepto que él cita en su web? nos limitaremos a situar la imagen en fecha y lugar, y dejaremos que sea el artista quien se exprese. De momento, para que vayáis entrando en materia, os ofrecemos esta entrevista.

– ¿Podría cuantificar el número de cuadros de coches de carreras que ha pintado hasta ahora?

– La verdad, no soy capaz. Una vez empecé a hacer la cuenta controlando los cuadros que enviaba a Christine, mi manager en Inglaterra, y llegué a los doscientos y pico, casi trescientos. Esto sin contar los de años anteriores. No, no tengo ni idea.

– ¿Le cambió mucho la vida al ganar en 1996 el International Motoring Art Competition?

– Totalmente, supuso un antes y un después. No tenía ninguna posibilidad de vender fuera. Habíamos ido al Retromobile de París para ver el ambiente, ya que el mercado aquí estaba muy flojo. Mandé el cuadro [Juan Manual Fangio, al volante de un Alfa Romeo] simplemente porque el jurado era gente seria. Estaban el Duque de Kent, Stirling Moss, Lord Hesketh. Gente que no podían de ninguna manera estar envueltos en un tongo, a diferencia de Argentina, donde todos los concursos estaban tongados, por definición. Pensé mandar el cuadro para ver qué pasaba, dándome por satisfecho con que lo viera Stirling Moss. No pensaba en ganar ni nada por el estilo. Me hubiera conformado con el tercer premio, que significaba dinero, ir una semana a Londres y recibir el premio en persona. Nos fuimos a Londres con Anna [su mujer] y, al llegar, nos enteramos que había ganado el primer premio y el derecho a editar una serie de litografías del cuadro de Fangio.

– Y allá conoce al matrimonio Mills, David y Christine, de la agencia Grand Prix Sportique.

– Efectivamente. Me pidieron que les llevara otros trabajos, pensando quizá en que aquel cuadro me hubiera salido por causalidad y lo demás fuera un desastre. Cuando David los vio, me mandó una propuesta para trabajar con ellos. Dedicarme a pintar y que toda la parte coñazo la llevara otra persona fue para mi un cambio brutal. Yo pintaba y David negociaba. La situación era genial.

– ¿Fue un cambio de vida comparable al que tuvo cuando decidió quedarse a vivir en Barcelona?

– Fue distinto. Una cosa es un cambio profesional bestial, pintando, haciendo exposiciones, viendo que a la gente le gusta lo que haces y que sales en las revistas, mientras que lo de quedarme a vivir acá fue un cambio personal. Vienes de Argentina y ves que aquí estás a dos horas de avión de Londres o París, como en el centro del mundo. En Argentina me sentía en un país pobre, de tercer mundo y en la punta del mundo, lejos de todo. Todo lo importante que ocurría estaba a miles de kilómetros. Estando aquí se abrió la posibilidad de hacer cualquier cosa. Además, Barcelona es una ciudad lindísima, comodísima para vivir, con gente fantástica. Me encontré cómodo desde el primer momento y claro, me quedé.

– ¿Hay alguien que en su etapa de estudiante de Bellas Artes en Buenos Aires no creyera en usted y que con el tiempo haya debido rendirse a la evidencia?

– No. Todos los amigos y la gente que me conocía tenían más confianza en mi que yo mismo. A veces me he preguntado: ¿si esto lo he hecho yo, cómo puede ser tan bueno? Tenía una profesora de Bellas Artes que se preguntó qué hacía yo pintando coches de carreras pero que me ayudó bastante porque veía que lo que hacía estaba bien y lo tomó con interés. Jamás hubiera pensado que me ganaría la vida con esto. Empecé a pintar coches porqué me gustaban los coches y las carreras… y mira, llevo ya treinta años en ello.

– Hablemos de sentimientos. ¿Cuando pinta un cuadro, se traslada emocionalmente al lugar de los hechos?

– Algunas veces sí, especialmente cuando pinto cosas con mucho significado. Empiezo buscando documentación en mis archivos y hago un gran despliegue de fotos sobre la mesa. Busco referencias del fondo, del coche… y tengo ahí un montón de cosas. Es como una especie de vértigo. Empezando un cuadro a partir de una tela en blanco pueden pasar infinitas cosas, todo depende de uno mismo. Lo que hagas con esta tela depende solo de ti e incluso sientes un cierto temor. Las ayudas y referencias dan confianza y quizás inconscientemente sientes que aquello saldrá bien. Cuando lo que haces tiene emocionalmente un significado personal, en mi caso la Targa Florio, Le Mans, Ronnie Peterson… estás en el ambiente que tiene que ver con lo que pintas.

– ¿Algún cuadro le ha hecho perder el sueño, obsesionarle, mientras lo realizaba?

– No obsesionarme pero sí preocuparme. Te vas a dormir jodido porque sabes que no lo has hecho bien, que el cuadro da para más. Incluso una vez terminado el cuadro, lo ves, te dices que te gusta, que está correcto y que gustará, pero ves que puede tener algo más y no sabes cómo mejorarlo. Me ha ocurrido alguna vez ir a dormir, cerrar los ojos y repasar lo que he hecho pensando en nuevas tonalidades de colores. Y así quedarme dormido.

– Supongo que entre su extensa obra habrá su cuadro favorito o del que se sienta más orgulloso.

– Hay dos variantes. Una puede ser por el cuadro en sí mismo y la otra, por dónde está o quien lo tiene. El de Fangio lo pinté para ganar el concurso pero sin jamás haber pensando en ganarlo. Aquel cuadro es importantísimo para mi pero en su momento no le di esta importancia. Lo mismo ocurre con el de Mike Hawthorn con Stirling Moss detrás, que lo compró el Club de pilotos británicos [BRDC] y está en su sede en el circuito de Silverstone. Es una sala enorme y el cuadro, de 1,65 metros de largo, ocupa un lugar preferente. Cuando lo ves en el lugar más destacado de la sala te entran ganas de gritar ‘este cuadro es mío, lo hice yo’. Son cuadros importantes porque te hacen sentir orgulloso de lo que has hecho. El BRDC tiene otros cuadros míos que los compró cuando su presidente era John Fitzpatrick, un gran fan mío. Hay otros cuadros que me gustan mucho, que considero de lo mejor que hecho, pero que por uno u otro motivo no han tenido mayor repercusión.

– ¿De igual forma que un piloto afirma que en determinados momentos se sublima al volante de su coche, a un pintor le puede ocurrir lo mismo en pleno ejercicio de su arte?

– Sí, acerca de esto un día escribí un texto que titulé La pintura del éxtasis. Fue a raíz de una pintura de Michael Schumacher, un cuadro donde casi no aparece nada más que el color rojo. No se ven ni las ruedas del coche, sólo el frontal del Ferrari y el casco del piloto. Pintando aquel cuadro y con la música de fondo me di cuenta de que hay momentos en que no hay nada mejor en el mundo que estar haciendo aquello. Es la combinación entre la pintura y la música, lo que ocurre es que hay que encontrar el momento ideal entre la pintura y una música adecuada. Cuando se produce, se tiene una especie de subidón que te hace sentir capaz de pintar el mejor cuadro del mundo.

– ¿Y cuál es esa música?

– Bastante ruidosa y eléctrica, no precisamente un concierto de piano de Chopin. Más bien algo como de los Rolling Stones en directo o Queen.

– ¿Dónde percibe que su arte es más valorado?

– En Inglaterra, sin duda. Ven un cuadro o una litografía y todo el mundo sabe de qué va o lo que es. Aquí tienes que estar explicando siempre las cosas. Incluso hay quien no entiende lo que haces cuando explicas que pintas cuadros de coches. En Inglaterra lo han vivido toda su vida.

– Entre sus clientes hay personajes como Jackie Stewart, Stirling Moss o Mick Jagger. ¿Hay comunicación y complicidad con ellos?

– Normalmente sí, aunque a algunos no les he llegado a conocer. Es el caso de Mick Jagger. Pero tiene mérito que haya adquirido un cuadro mío porque su amigo Ron Wood, guitarrista de Rolling Stones, también pinta y ¡pinta bien!. Imagínate que además de pintar cuadros yo tocara tan bien la guitarra como para estar en un concierto. Es extraño que, teniendo un compañero que pinta, Mick me comprara un cuadro a mi. Otra cosa, yo no tengo ningún autógrafo de Jackie Stewart pero haber estado charlando con él más de media hora es mucho más que poseer un autógrafo. Es muy gratificante que a través de las pinturas haya podido conocer pilotos legendarios. Para mi poder hablar de carreras con Stewart, Tony Brooks, Richard Attwood, Jody Scheckter, Jenson Button o el mismísimo Luca di Montezemolo es un gusto con el que no contaba, sumado al placer de pintar.

– Sin duda, casos como éste, tiene más.

– Sí, otro de ellos es el actor Rowan Atkinson. Tiene un cuadro de Johnny Herbert con el Sauber que pinté yo. Le ves en una exposición y te das cuenta que lo mira todo muy concienzudamente y le ves con las manos en la espalda y el ceño fruncido y no puedes evitar ver en él a Mr. Bean. Te lo presentan y te habla con una voz grave y expresión formal, pero muy british y muy correcto. Está muy metido en las carreras y estuvo bien conocerle.

– ¿Una persona como usted, discreta y de carácter modesto, puede sentirse a gusto mientras trabaja en el Paddock Club durante un Gran Premio de Fórmula 1?

– Forma parte de mi trabajo. Nada más que esto. Yo era un chico de barrio y nunca dejas de serlo. Lo que has sido de crío seguramente lo llevas dentro toda tu vida. Vivía en un barrio sencillo, jugando con la pelota en la calle y haciendo las cosas más normales del mundo. Y nunca me he creído ser nada. Cuando estás allí [en el Paddock Club] estás un poco como de prestado. Y te lo tomas como si por las casualidades de la vida estuvieras dentro de una película. Te lo tomas a broma y juegas con ello y ya está. Cuando regresas a tu casa vuelves a la vida normal. Nunca me ha gustado, es artificial y estúpido. Desde los pilotos, que van rodeados por diez personas y corriendo, como si fueran a ser atacados cuando lo máximo que les van a hacer es tenderles una mano o pedirles un autógrafo, hasta la pretensión de que aquello es un lugar para los súper VIP. Un día, en el circuito de Silverstone, me vino a buscar un individuo en moto, para evitar el colapso circulatorio habitual. Iba vestido con mono de motero y me vino a buscar al Paddock Club. No le dejaron pasar con el pretexto de que con aquella indumentaria podría molestar a los clientes. Cuando trabajas allí y ves las entrañas de todo aquello te das cuenta que también son unos chicos de barrio en medio de un montaje efímero, estúpido, pretencioso y que en conjunto es una tomadura de pelo”.

– ¿Cual ha sido la propuesta de trabajo más bestial que le han hecho?

– Un día conocí a un individuo que había contactado con Christine Mills a través de su web y le dijo estar interesado en mis pinturas. Pero que le interesaban varias, toda una colección. Christine le recomendó que se acercara a ver personalmente las pinturas. Acudió, estuvo un largo rato decidiéndose y salió con veinte pinturas. Y tenía mucho criterio porqué eran las mejores, yo mismo hubiera elegido algo similar. Aquello fue tan grande que cuando supe que él estaba en Londres durante un fin de semana tomé un avión para ir a conocerle personalmente. Era un tipo muy simpático, adinerado pero de los que no te hace sentir mal perqué no hace ostentación de ello. Te cuenta su vida de igual manera que yo te cuento que viajo en metro. Y cuando le conté que había nacido en Argentina le vino a la mente Juan Manuel Fangio y me pidió que le pintara un cuadro de él, con el Maserati en Mónaco. Imagínate, tenía veinte cuadros míos y pedía más. Y hablando me comentó que le gustaba mucho la música… y me pidió un cuadro de Santana. Fue insólito.

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