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UN ALFA EN EL TALLER

Alfa Romeo 8C Monza, así se llama oficialmente esta belleza de aparato de los años 30. Su historia, con cientos de carreras disputadas, nos cuenta que fue un coche muy exitoso en su época, corriendo en todo tipo de eventos.

Juan Carlos Ferrigno

Ferrigno_AlfaEs uno de esos coches que siempre me enamoraron. Y por eso el día que me llamó mi amigo, restaurador de coches clásicos, para contarme que tendría un Monza en su taller durante toda la semana, no pude aguantarme y me fui a verlo y estudiarlo en persona. Estuvo medio desarmado unos cuantos días preparándose para una carrera de regularidad y cuando lo tuve delante recorrí sus formas y observé sus detalles, esas cosas que en las fotos no se terminan de entender bien. Disfruté mucho mirando, oliendo y admirando el Monza.

Por supuesto le hice fotos allí donde estaba y aunque medio desarmado seguía teniendo ese encanto tan propio de este coche. Revisando las fotos que había hecho empecé a pensar en una pintura que reflejara esos momentos de intimidad que tuve con el Alfa, mientras mi amigo hacía otras cosas por allí. Por eso se me ocurrió esta escena, imaginándome el Alfa en el silencio nocturno del taller. Quería pintar la atmósfera del momento, la belleza de las formas y el ambiente informal y de cierto desorden que siempre se vive en un taller como este.

Lo primero fue imaginar el taller ideal para la pintura, que sería bastante distinto del real donde tomé las fotos, había que darle al Alfa el entorno perfecto. Para iluminar la escena necesitaba una luz directa y centrada en el coche, que le diera el merecido protagonismo al Monza y dejara en penumbra el resto del taller desierto con sus tonos azulados y violáceos, dando a la pintura  una sensación de  intimidad y silencio.

Lo imaginé levantado sobre caballetes y preferí plasmarlo sin ruedas delanteras para enfatizar el aspecto de máquina en proceso de reparación, con la tapa del motor abierta insinuando que se está trabajando en el poderoso motor Alfa Romeo. En el suelo, el infaltable recipiente que recoge las gotas de aceite que puedan caer y alguna que otra herramienta, mezcla de descuido y de pausa en el trabajo.

Toda la escena toma forma por la iluminación que también ayuda a no tener que entrar en detalles sobre el fondo del taller. Sólo el coche tiene los imprescindibles para ser reconocido. Podía pintar todos los detalle del fondo pero me pareció más interesante solo insinuar algunas herramientas y formas, de manera que quien viera el cuadro pudiera completar con su imaginación este taller ideal a medianoche. Esta pintura original, al estar hecha sobre cartón llevaba una textura que también colabora a crear esta aspecto  impresionista del fondo.

Tal vez en algún momento quiera pintar una segunda versión del Alfa en el taller. Esta primera surgió como un impulso, de solo ponerse a imaginar como debería ser el escenario ideal para este imponente Monza. Me dejé llevar por el deseo de que un lugar como este exista realmente en algún sitio. La gran ventaja de la pintura es que solo hay que imaginar algo para hacerlo posible, creándolo, aunque solo sea en una pequeña pintura de unos 60 centímetros de largo. La satisfacción total es que la persona que lo compró se enamoró al verlo y aun está en lugar privilegiado en su casa, donde lo disfruta cada día.

Es tal vez la mejor recompensa para quien lo pintó partiendo de un inexpresivo cartón en blanco.

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